Cambiaron la cuna de madera por una cama nido en donde guardaron cientos de peluches, carritos, robot y, por supuesto, bloques de colores. Condicionaron la habitación para ser un refugio de toda clase de diversión. Las cosas sucedían a marcha forzada, según lo veía Lauren. Pasaron de esperar que un recién nacido llegara a casa, a que lo hiciera un niño de tres años. Todo esto en la interrupción de un parpadeo. Aun así, sus expectativas no estaban malográndose y su emoción seguía siendo la misma