64. La Trampa Perfecta
Me recosté en el asiento trasero, cerré los ojos con fuerza y traté de ordenar el caos que me devoraba. Quise convencerme de que aquel beso había sido un error, un desliz producto de la nostalgia y el agotamiento. Pero la verdad me golpeaba sin piedad: había sentido. Y demasiado. Había dejado que su cercanía me envolviera como siempre, y ahora me enfrentaba a las consecuencias de mis propios deseos.
Mi teléfono vibró. Por un momento pensé que podría ser Max, tal vez arrepentido de haberme dejado