28. Una cena Incómoda
El restaurante elegido por Max no era solo lujoso: era un escenario preparado para exhibir poder. Las arañas de cristal descendían como racimos de estrellas, derramando un resplandor dorado sobre las mesas vestidas de blanco impecable. Cada copa parecía contener un fragmento líquido de París. Y, sin embargo, nada lograba distraerme del peso invisible que arrastrábamos desde la noche anterior.
El beso con Alejandro.
El error.
La chispa que había encendido un incendio en Max.
No lo había mencionado en todo el día, pero lo veía en sus ojos. Esa furia helada, controlada a medias, que me vigilaba incluso en silencio. Y ahora, mientras el maître nos conducía hacia la mesa reservada para sus socios, su mano rozó la mía con la misma firmeza con la que un grillete se aferra a la piel.
—Hoy no harás ningún espectáculo —murmuró, apenas moviendo los labios.
—¿Es una advertencia o una súplica? —respondí, forzando una sonrisa que solo los demás podían interpretar como cortesía.
Él no contestó. A