107. El Silencio Después de la Tormenta
Despertar sin su nombre en mi pantalla se siente como perder un miembro fantasma: la ausencia duele físicamente, una punzada en un lugar que ya no debería existir.
Abro los ojos en mi cama —mi cama, en mi apartamento— y mi mano se mueve sola hacia la mesita de noche. Es un reflejo pavloviano que odio pero que no puedo romper. Reviso la pantalla. Cero llamadas perdidas. Cero mensajes. Por supuesto. Lo bloqueaste, Lorena. Esto es lo que pediste.
Me levanto y preparo café con movimientos automático