Pasamos por la estación de servicio abandonada, donde Pablo había asesinado a la pobre e inocente mujer. Había rastros en el lugar de que la policía había estado allí la noche anterior, aún danzaban en el viento las cintas de precaución amarillas.
Pobre mujer, pensé. Seguramente a esta hora ya había pasado su momento en el noticiero de turno y la gente iba a olvidarse de ella con el tiempo. No tenía que ser así, no podía permitir que mi ex esposo se saliera con la suya, tenían que condenarlo p