Isabella sonrió.
—¡Quédatelo, Ruby, pero nunca podrás ser una Luna, las lobas como tú, solo podrán ser amantes!
Isabella volvió a su habitación, el alma le dolía como si un peso insoportable la aplastara.
Su loba interior aullaba de dolor y celos, resonando en su mente con una intensidad que la hacía sentir aún más vulnerable.
Cada latido de su corazón parecía amplificar la tristeza que la envolvía.
—¿Por qué lo hiciste, Kaen? —preguntó, su voz temblando con la mezcla de angustia y desilusión.
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