Isabella se levantó de un salto, sintiendo el miedo apoderarse de su cuerpo. Su corazón latía con fuerza, y una oleada de pánico la invadió.
Corrió hacia la puerta, luchando por abrirla, pero sus manos temblaban, y la cerradura parecía un obstáculo insuperable.
En su interior, su loba se sentía debilitada, como si el veneno que la había invadido la estuviera consumiendo lentamente.
“Vamos, no podemos morir aquí”, le dijo como una orden a su loba interior para que no se rindiera y luchara por sob