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El azabache empezó a besar su cuello mientras acariciaba su espalda baja. Eran toques ligeramente subidos de tono, haciendo que, cada vez más, el ambiente subiera de temperatura. Había necesitado su presencia durante el día: esos ricos besos y esa sonrisa que tanto lo calmaban. Toda ella era magnífica para hacerlo sentir bien y en paz.
Jamás cambiaría ese sentir por otro, porque estaba seguro de que nada lo llenaría. Nada lo complacería como Sofía. Y no solo hablaba en lo sexual, sino en todos