Luca sonrió. No era su sonrisa de triunfo de siempre, sino una sonrisa suave que hizo latir mi corazón sin control. Tomó mi mano y me condujo al centro de la habitación. Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Camila —susurró.
—¿Qué?
—Esta noche no te ataré. No usaré velas ni látigos. Pero aun así te haré sentir algo que nunca antes has sentido.
—¿Qué es?
No respondió. Solo sonrió y presionó un botón en la pared. La música cambió de electrónica a una suave melodía que fluía lentamente. Las luces