El coche se detuvo de golpe frente a la puerta de urgencias del hospital. No sonaron sirenas, pero la velocidad y el convoy de guardias hicieron que el personal de guardia entendiera la situación de inmediato. La puerta del coche se abrió antes de que el motor se apagara del todo. Luca bajó primero con Cia en brazos, la manta ligera aún envolviendo su cuerpecito inerte. Camila lo siguió, cojeando por el dolor en la pierna, pero rechazó la ayuda del guardia.
—¡Ayuda! —la voz de Luca retumbó en e