El atardecer caía sobre la ciudad como un manto de fuego líquido. Valeria caminaba por el malecón con pasos lentos, dejando que la brisa marina revolviera su cabello. Necesitaba espacio, aire, distancia de todo lo que la asfixiaba. Las últimas semanas habían sido un torbellino de caos y miedo, y ahora, por primera vez, podía respirar un poco… aunque no del todo.
El silencio de la habitación solo era interrumpido por la respiración entrecortada de Aleksandr. Valeria observaba con angustia cómo el