El cielo de la ciudad se teñía de un gris plomizo mientras Valeria observaba por la ventana del penthouse de Aleksandr. Llevaba casi una hora esperándolo, acariciando distraídamente su vientre que apenas comenzaba a mostrar los primeros signos de su embarazo. El lugar se sentía extrañamente silencioso ese día, con menos hombres de seguridad de lo habitual.
Viktor entró con paso apresurado, sobresaltándola.
—Señorita Valeria, debemos irnos ahora —dijo con una urgencia que no intentó disimular.
—¿