Valeria no fue a su habitación. Fue directamente al estudio de Aleksandr, cerrando la puerta con tanta fuerza que los cuadros en las paredes temblaron. Sus manos buscaron el teléfono, marcando el número del abogado de Aleksandr con dedos que apenas le obedecían.
—Señorita Montes —respondió el hombre, sorpresa evidente en su voz—. ¿No debería estar en su boda?
—Hay boda que valga —su voz era acero frío—. Necesito papeles de divorcio. Ahora.
—Pero usted no está casada todavía...
—Entonces papeles