Marcada por el Destino, Negada por el Orgullo
Marcada por el Destino, Negada por el Orgullo
Por: Petit
La subasta de las Lunas I

El mármol del salón principal devolvía un brillo que lastimaba los ojos, la superficie estaba  tan pulida que parecía un espejo diseñado para amplificar la vanidad de quienes lo pisaban. Valerius caminó por el centro de la estancia con la barbilla en alto, sus botas de cuero pesado marcaron un ritmo monótono, un eco de autoridad que rebotaba en las paredes de piedra tallada. Cada paso suyo era una orden silenciosa de sumisión. Vestía una casaca de terciopelo azul noche con botones de plata que se tensaba contra sus hombros anchos, una prenda que dictaba su rango sin necesidad de palabras. Su sola presencia era capaz de agotar el oxígeno del lugar. Él sabía que era el centro del universo de todos los presentes y esa certeza alimentaba en él una arrogancia que le supuraba por los poros. Se detuvo frente a la hilera de mujeres que aspiraban a ocupar el trono a su lado, sus ojos recorrieron las figuras con el mismo interés con el que un carnicero evalúa el ganado.

—Mírenme —ordenó Valerius.

Su voz rugió con una potencia que hizo que varias candidatas bajaran los hombros, fue un movimiento involuntario de miedo que él detectó de inmediato. Él recorrió la fila con ojos lentos, esa mirada evaluadora dispuesta a destruir a cualquiera con solo una mínima expresión. Diez mujeres de los linajes más puros del norte esperaban su veredicto. Todas ellas vestían sedas blancas y joyas de familia que valían fortunas, pero para Valerius solo eran mercancía defectuosa que no lograba despertar su interés.

—¿Esto es lo mejor que las manadas aliadas enviaron? —preguntó Valerius al Gran Anciano, quien permanecía transpirando por los nervios de manera evidente—. Huelen a ambición barata y a perfume de flores muertas. Ninguna de estas hembras tiene el fuego necesario para parir a mi heredero. Solo veo cáscaras vacías envueltas en tela fina.

—Alfa, por favor —suplicó el Anciano, retorciendo sus dedos—. Sara, de la Manada del Norte, posee una pureza de sangre que ha sido preservada por siglos. Sus rasgos son la perfección misma de nuestra especie. Sus ancestros fueron...

—No me hable de sus ancestros —le interrumpió Valerius con una mueca de asco—. Los muertos no me sirven para engendrar vida. Hábleme de su esencia, si es que tiene alguna debajo de esa capa de maquillaje. Me aburre su perfección de manual. Es una copia de una copia de una copia.

Valerius se acercó a Sara. La mujer mantuvo una sonrisa ensayada que no llegó a sus ojos claros, una expresión mecánica que él consideró patética. Valerius se inclinó sobre su cuello y aspiró. La fragancia de la loba era una mezcla de jazmín y talco, algo demasiado estudiado, demasiado limpio.

—Jazmin y talco —susurró Valerius cerca de su oído, no como un cumplido, sino como un insulto—. ¿En serio usas jazmín y talco para ocultar que tu sangre es tan rala como el agua? Eres un adorno de estante, Sara. Y yo no colecciono porcelana. Quedas rechazada. Es más, tú y todas las demás, quedan rechazadas. Esta subasta terminó. Largo de mi palacio.

—¡Alfa, no puede deshacer los tratados de esta forma! —gritó el padre de una de las jóvenes, un hombre que veía sus sueños de poder desvanecerse.

—Puedo hacer lo que me dé la gana porque este suelo es mío —replicó Valerius. Se giró para salir del salón, harto de la servidumbre de los ancianos y del olor a incienso que le causaba una migraña punzante—. Caspian, encárgate de que estas decepciones se larguen. Me duele la cabeza de oler tanta mediocridad acumulada en un solo cuarto.

Caspian, el hermano menor de Valerius, asintió con una sonrisa que no auguraba nada bueno: detrás de su gesto se ocultaba una malevolencia que Valerius, en su soberbia, siempre pasaba por alto. 

Mientras el caos se desataba en el salón de honor, Sia entró al palacio por la puerta de servicio, ajena a la tormenta política que acababa de estallar.

Ella no vestía sedas, sino un vestido de algodón gris que le quedaba un poco corto y ajustado, una prenda gastada por el uso constante y el jabón áspero. Su estatura era notablemente más baja que la de cualquier loba promedio, una diferencia que la hacía sentir como un insecto caminando entre gigantes de piedra. No tenía marcas de manada en la piel; era una paria, una loba sin lazo alguno que sobrevivía en los suburbios de la capital, donde el aire sabía a humo y a desesperanza.

—Traigo el tónico para el primer ministro —le dijo Sia al guardia de la entrada. Su voz tembló, y sus ojos permanecieron fijos en el suelo—. Es urgente. Mi madre lo preparó con las últimas hierbas de la cosecha. Por favor, solo quiero entregar esto y retirarme.

—Pasa rápido, rata —contestó el guardia con una carcajada—. No toques nada o te cortaré los dedos.

Sia apretó la pequeña caja de madera contra su pecho, sintiendo las vetas de la madera bajo sus dedos sudorosos. Sus pensamientos volaron hacia el hospital de caridad donde su madre descansaba. El tratamiento era costoso, una suma que ella nunca vería junta en su vida, y el pago por esta medicina era su última oportunidad para mantener funcionando los pulmones de la mujer que le dio la vida.

Sia caminó por los pasillos laterales, pero el diseño caprichoso del palacio la confundió. Un error de dirección la llevó a una galería abierta que daba directamente al salón principal. Se detuvo detrás de una columna de granito, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. Vio a Valerius. El hombre era una montaña de prepotencia, una fuerza de la naturaleza que parecía disfrutar del dolor ajeno. Vio cómo trataba a las candidatas, cómo las descartaba con un simple movimiento de mano. Sintió una mezcla de asco y miedo. Ese hombre decidía el destino de todos con un capricho alimentado por su propio ego.

En el salón, Valerius se alejó de las mujeres con un gesto final de repugnancia. Caspian se movió hacia las sombras de la galería, justo donde Sia intentaba retroceder para no ser vista. Ella dio media vuelta para correr, buscando la seguridad de los pasillos de servicio, pero su frente chocó contra el comienzo del abdomen duro de Caspian. El hombre la sujetó por los hombros como si de un insecto se tratara y con una fuerza que le arrancó un gemido de sorpresa y dolor.

—Vaya, vaya —murmuró Caspian, mientras sus ojos recorrieron el cuerpo de Sia con una curiosidad retorcida—. ¿Qué hace una paria tan pequeña en los pasillos reales? Hueles a medicina y a pobreza, pero tienes una mirada que no coincide con tu ropa. Hay algo... salvaje en ti.

—Suélteme, por favor —suplicó Sia. La fortaleza que solía mostrar en las calles de la ciudad desapareció ante el contacto del lobo—. Solo soy una mensajera. Mi madre está en el hospital y necesito el pago por esta medicina. Solo quiero irme de aquí.

Caspian le arrebató la caja de madera de las manos con un movimiento brusco. La dejó caer sobre la piedra fría y la aplastó con el tacón de su bota. El frasco de cristal se rompió dentro de la caja y el líquido oscuro manchó la piedra, desprendiendo un olor a hierbas amargas. Sia soltó un grito de agonía emocional, cayendo de rodillas frente a los restos de su única esperanza.

—Tu medicina ya no vale nada, pequeña paria —dijo Caspian con una voz que era puro veneno—. Pero tu presencia aquí sí. Mi hermano acaba de rechazar a diez lunas perfectas porque dice que no tienen fuego. Llegaste en el momento justo. Creo que tú tienes suficiente desesperación como para quemar a un Alfa.

Continúa...

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