El aire en la cubierta se volvió aún más denso cuando un marinero herido en el suelo emitió un último quejido antes de quedar inconsciente. Valerius mantuvo su mano izquierda apoyada sobre el pomo de un sable que había quitado a uno de los amotinados, vigilando los movimientos de la tripulación. Los renegados observaban a Sia con una devoción silenciosa que encendía la irritación del Alfa. Su orgullo no asimilaba la idea de que un grupo de hombres armados prefiriera la palabra de una joven pari