Valerius detuvo su avance, manteniendo la mano extendida a escasos centímetros del brazo de Sia. La tensión entre ambos se volvió densa en medio del caos de la cubierta, donde los amotinados arrastraban los cabos de estribor para liberar el casco. Las naves de guerra de Caspian continuaban ganando terreno en el horizonte, pero el Alfa no podía apartar los ojos de la loba de Cristal. La palidez de sus mejillas y la intensidad de su mirada delataba que algo ajeno al asedio de la flota estaba ocur