El humo gris que brotaba de las tablas de cubierta impregnó el espacio con un olor a resina chamuscada y salitre. Valerius apretó el cuerpo menudo de Sia contra su pecho, ignorando que el calor místico irradiado por el vientre de la joven atravesaba la tela húmeda de su camisa y quemaba la piel de su torso. Las tablas de madera de árbol de luna continuaron ennegreciéndose debajo de sus botas, emitiendo pequeños crujidos debido a la temperatura extrema que la criatura generaba desde el interior