Sin embargo, el asalto no había terminado. Un tercer hombre, mucho más alto y envuelto en una túnica andrajosa que ocultaba su rostro, entró con una lanza larga de punta ancha. Valerius vio, con una claridad que lo aterrorizó, que la punta de la lanza no iba dirigida a él, sino al vientre de Sia, que seguía arrodillada junto a la chimenea.
Sin pensarlo, sin medir las consecuencias para su propia vida, Valerius se interpuso. El metal de la lanza se hundió en su costado izquierdo, justo debajo de