La flecha todavía vibraba en el cabezal de madera, emitiendo un sonido que se extinguió lentamente en el aire cargado de polvo, cuando Valerius se lanzó sobre Sia. El impacto de su cuerpo contra el de ella fue brutal, aplastándola contra el jergón de paja con una urgencia que no admitía delicadeza. El Alfa usó su propia envergadura para cubrirla por completo, convirtiéndose en un escudo de carne y seda frente a la ventana destrozada. El dolor en su hombro no era un simple pinchazo; era un incen