La puerta de la cabaña golpeó contra la pared de troncos cuando la guardia personal de Valerius irrumpió con las armas en alto. El hedor a muerte, sangre y plata saturaba el aire de tal forma que parecía una entidad física. Sia no se movió. Se mantuvo de rodillas, con la cabeza de Valerius apoyada en su regazo, mientras sus manos seguían presionando con fuerza la herida del costado del Alfa. El silencio de la joven, rodeada de cadáveres y con un colgante de oro blanco brillando sobre el suelo,