El frío helado de la neblina negra se metió por los poros de Valerius como agujas de hielo que le congelaban los tendones del pecho. El hombre se mantuvo firme sobre las losas de piedra, con las piernas abiertas para no ceder el equilibrio, dejando que la masa oscura se concentrara por completo en su cuello y en sus hombros.
Su piel morena volvió a tornarse de ese gris ceniza que anunciaba la llegada de la muerte, y los labios se le llenaron de un tono amoratado por la falta de oxígeno. Sin em