Sia mantuvo a la niña pegada a su pecho, sintiendo el latido rápido y constante del pequeño corazón contra su propia piel. La calidez del bebé le llenaba el vientre de una sensación desconocida, un peso dulce que borraba el recuerdo del dolor desgarrador que horas atrás la había doblado sobre las losas frías de granito. A su lado, Valerius no apartaba la mirada de las dos.
Había algo distinto en el modo en que el hombre respiraba; la tensión permanente de sus hombros había cedido, dejando al de