El aire en el patio destruido se volvió espeso y pesado, difícil de respirar para los sobrevivientes. Valerius quedó inmóvil a pocos metros sobre el suelo, suspendido por el movimiento lento de sus grandes alas de luz blanca. Su cuerpo de lobo divino, cubierto por ese pelaje brillante como diamantes, permaneció tieso en medio del patio. Las garras de sus patas delanteras estaban tensas, listas para lanzarse al ataque, pero no pudo moverse. El dilema que le comprimía el pecho era el peor de toda