El aire en el balcón de la torre oeste se volvió pesado, espeso y caliente en cuestión de segundos. La brisa helada que subía desde el abismo de la montaña golpeaba las paredes sin lograr enfriar la piel de ambos. Valerius abrió los ojos y atrapó la muñeca de Sia con una mano firme pero libre de la brutalidad de otros tiempos. No apretó la carne con desesperación de verdugo; sostuvo su mano con un temblor imperceptible en los dedos, sintiendo cómo el flujo constante de luz blanca corría bajo la