A Sia le ardía el antebrazo de una forma tan salvaje que sentía que la piel se le iba a caer a pedazos. La marca violeta y negra resplandecía con una luz opaca bajo la luna llena, dibujando una corona de espinas alrededor del ojo abierto. Valerius le sujetaba el brazo con la mano temblorosa, apretando los nudillos hasta dejarlos blancos mientras intentaba comprender el origen de esas líneas oscuras. La calidez del encuentro íntimo de minutos atrás se evaporó por completo de la torre oeste, deja