Las palabras de la madre de Sia permanecieron suspendidas en el aire viciado del camarote, cayendo con el peso de una sentencia definitiva sobre los hombros desnudos de Valerius. El calor que brotaba del vientre de la joven paria no disminuyó; por el contrario, adquirió un pulso rítmico que provocó que las mantas de lana del jergón soltaran hilos de humo negro. El Alfa Verdugo apretó los dientes, sintiendo que la furia de Fenris chocaba contra la pared de su propio orgullo herido. Su mano derec