El silencio en el camarote se volvió absoluto, solo fue interrumpido por el siseo del sudor que se evaporaba sobre la piel expuesta de ambos. Valerius presionó el cuerpo menudo de Sia contra las tablas del jergón, asegurando sus hombros pequeños con una fuerza que buscaba inmovilizarla ante el dolor inminente. El cuerpo robusto del Alfa se cernió sobre la joven paria; la diferencia de tamaño hacía que Sia pareciera desaparecer por completo bajo el torso desnudo del guerrero. Con un movimiento r