El zumbido que subía desde los sótanos del palacio se metía debajo de la piel como una aguja. Sia corrió por el pasillo de la torre oeste con las faldas del vestido recogidas en una mano, mientras Valerius avanzaba a su lado, todavía con el sable corto desenvainado y las manchas del fluido oscuro secándose en su mejilla. El ambiente de la fortaleza de granito se había vuelto insoportable en pocos minutos; el olor a carne podrida y a azufre llenaba los conductos de aire, reemplazando por comple