Sia contempló el colapso del guerrero con una mezcla de lástima y reproche. Se arrodilló a una distancia prudente, apoyando las manos en las tablas del suelo para equilibrar su cuerpo ante el vaivén del barco, que se volvía cada vez más lento a medida que las sirenas rodeaban el casco.
—Lo que ves es la verdad que tu orgullo no te permite aceptar, Valerius —le dijo Sia en un hilo de voz que vibró con una solemnidad inusitada—. Es lo que hiciste antes de que el mar borrara tus recuerdos. Me util