El eco del grito de Valerius todavía rebotaba en los maderos de la celda cuando el primer lamento proveniente del exterior se filtró por las rendijas de la escotilla superior. No era un sonido común de la tempestad, sino una frecuencia ondulante que se metía en el conducto auditivo, un silbido dulce que erizaba los vellos de la piel y enfriaba los huesos. Sia permaneció inmóvil contra la estructura del árbol de luna, con los labios temblorosos y la garganta apretada por el dolor del rechazo. Su