—Esa noche de la subasta —dijo Sia, bajando la voz hasta que solo él pudiera oírla, acercándose a su oído—, tú no estabas allí por voluntad propia. Te drogaron, Valerius. Tu hermano Caspian te puso algo en la bebida minutos antes de que entraras a la habitación principal. Yo lo sé. Él me arrastróa esa habitación, y luego llegaste. Vi cómo tus ojos perdían el foco, cómo tus movimientos se volvían pesados y torpes antes de que pusieras esa marca maldita en mi cuello.
Valerius soltó una carcajada