El chasquido metálico del cerrojo al encajar fue un veredicto de muerte que resonó en el pecho de Valerius. Caspian cruzó el umbral de la celda con la calma de quien camina por sus propios jardines, ignorando la inmundicia que manchaba sus botas. La luz de la antorcha exterior se filtraba por los barrotes, proyectando sombras alargadas que danzaban sobre las paredes húmedas. Sia permanecía ovillada en el rincón. Para el mundo, ella no era más que un despojo, una paria insignificante; pero en es