Valerius soltó el cuello de Sia de golpe, alejándose como si la piel de la joven quemara. Sus dientes dejaron de presionar la carne donde estaban las marcas previas, y el Alfa cayó de rodillas sobre las piedras de la cueva, respirando con una desesperación espantosa. La visión de su cadáver con el pecho destruido por el fuego negro seguía grabada en su mente, provocándole un temblor que no pudo ocultar frente a los soldados rebeldes. Tenía el torso desnudo cubierto de sudor frío y las vendas de