La voz del pequeño Leo en la mente de todos no era la de un bebé normal; era un pensamiento limpio y pesado que se metía en la cabeza sin pedir permiso, haciendo que los soldados se agarraran la frente por la sorpresa.
—El viejo ya viene —dijo el niño en el juicio de la manada, y su advertencia mística hizo que el aire de la cueva se volviera todavía más denso—. Sus sombras cruzaron el río grande del norte. Está siguiendo el rastro de la luz que mi madre acaba de encender con el amuleto. No que