La Sia Oscura soltó un quejido ronco, un sonido intermitente que delató la dura batalla interna que libraba contra el monarca de la frontera. Sus brazos, cubiertos por la seda negra, se envolvieron alrededor del cuello de Valerius con una mezcla de desesperación y deseo. La proximidad de sus cuerpos encendió una chispa pasional que barrió la frialdad del patio de armas, transformando el foso de la ejecución en un escenario de posesión mutua. El ex Alfa no dio marcha atrás; apretó la cintura de