El amanecer tiñó las ventanas del Palacio de Hierro con un tono rojizo que parecía un augurio de la violencia que se gestaba en los niveles inferiores.
El espíritu de Valerius regresó a su cuerpo con una sacudida violenta que lo hizo incorporarse en el colchón de plumas, con la respiración entrecortada y el sudor frío empapándole el torso pálido. Sia, que permanecía sentada a su lado con el rostro contraido por la falta de descanso, le sujetó la mano con fuerza, alarmada por el repentino espa