9. Oscuro deseo
—¿¡Qué carajos espera entonces!? ¿Quiere que la despida?
Tragué saliva. Sentí que el corazón me iba a reventar dentro del pecho. Las piernas me temblaban como gelatina mal puesta y, por un segundo, pensé en correr… pero ¿a dónde iba a ir? ¿A llorar a una esquina? No. No podía perder este maldito trabajo.
Pensé en mis hijos. En sus caritas dormidas, en los cuentas por pagar, en el alquiler que ya me tenía con taquicardia. Cerré los ojos un segundo y asentí, derrotada.
“Esto lo hago por ustedes”,