66. Mi maldita condena
Lana apenas alcanzó a respirar cuando una sombra irrumpió entre los árboles, tan veloz y salvaje que el aire pareció cortarse a su alrededor.
No hubo gruñido.
No hubo grito.
Solo el cuerpo de Eryx saliendo de la nada, atrapándola por la cintura con una fuerza que la levantó del suelo como si no pesara nada.
—¡Suéltame! —gritó ahogadamente golpeándolo con los puños—. ¡Eryx!
Pero ya era tarde.
Él no respondió.
No discutió.
No explicó nada.
Simplemente la cargó, llevándosela contra su pecho como u