58. Su perdición
Lana tragó saliva.
Sintió cómo sus muslos ardían con la mirada que le daba, cómo el calor subía por su vientre.
La vergüenza le quemó las mejillas.
—No digas eso —murmuró—. No es posible. No... yo no... no tengo la edad.
—Tu cuerpo decidió otra cosa.
Ella retrocedió un poco más.
Sentía que el vestido mojado le pesaba incluso aunque fuera corto. El corazón le latía en la garganta y el olor de la sangre mezclado con su propio aroma la mareaba.
—¿Te molesta? —Eryx ladeó la cabeza, su tono fu