34. Nunca voy a confiar en ti, Alfa.
El silencio era apenas interrumpido por el murmullo lejano de los guardias cambiando de turno.
Lana intentaba dormir después de que se diera una ducha y se encerró en la habitación por si acaso Delia se atrevía a molestarla, sin embargo, no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía esos orbes verdes llenos de rabia, deseo y dominio.
Giró sobre el colchón con un suspiro tembloroso, apretando la manta contra su pecho.
—No pienses en él… —se dijo a sí misma como si fuera posible.
Pero el