32. No vas a dejarme ir
Caius se fijó en su rostro pálido, sus ojos muy abiertos, llenos de lágrimas que no caían pero estaban allí.
—Caius... —susurró.
Él soltó a Kevin como si quemara y el macho cayó de rodillas, tosiendo, jadeando, apenas consciente.
Caius cruzó el claro en tres zancadas.
Sus manos estaba manchadas de sangre ajena y temblaron cuando las acercó a su brazo herido pero no la tocó enseguida.
—¿Qué demonios has hecho? —su voz salió rota y ronca de terror—. Zoe, ¿Qué...?
Ella dejó caer la daga.
El meta