31. Porque no sé otra forma de tenerte
El pasillo parecía interminable. El eco de sus pasos resonaba como martillazos contra la calma de la noche, pero Lana apenas lo notaba. Lo único que sentía era la presión en su muñeca, el calor abrasador de la mano de Eryx arrastrándola sin darle respiro.
Cada vez que intentaba zafarse, el agarre se hacía más duro, como si él quisiera grabar en su piel la certeza de que no había escape.
—¡Suéltame! —exclamó con la voz quebrada—. ¡No soy tu prisionera!
Eryx no giró la cabeza, no disminuyó el pas