Aiden regresó a la Ciudadela de Colmillo de Acero esa noche como un conquistador desolado, había asegurado su linaje, cumplido con el deber sagrado de la pureza, y cortado un destino que, según su padre, habría aniquilado su mente, el silencio en la Ciudadela no era el de la paz, sino el de una tumba recién sellada.
Su padre, Kael, no lo recibió con palabras, sino con un gesto, un asentimiento frío mientras Aiden cruzaba el Gran Salón, era la única validación que necesitaba el orgullo de Aiden;