El aire dentro del Gran Arco de Piedra no era solo denso, era una sopa viscosa de emociones congeladas, el hedor de un terror antiguo destilado en magia, no era la niebla la que hacía el lugar irrespirable, sino la quietud antinatural, la ausencia de cualquier sonido orgánico, reemplazada por un zumbido psíquico de tono tan bajo que se sentía en los dientes.
Lía dio el primer paso bajo el arco, y el zumbido se incrustó en su oído interno, su cuerpo, entrenado en la huida y ahora templado en la