El bajo retumbaba como un latido lento bajo las luces tenues del Club Mirage, pulsando a través de los pisos de mármol y vibrando levemente en los huesos de Sofía. Todavía era demasiado temprano para la multitud salvaje o el caos empapado de dinero que normalmente devoraba el club los fines de semana. Pero la música estaba calentando, y también el olor a colonia cara y licor helado.
Sofía ajustó las tiras de su corsé de servicio de botellas, equilibrando el champán frío entre sus manos mientras se abría paso por el lounge VIP medio lleno. Sus pasos eran precisos; se movía como si perteneciera a las sombras, siempre a un suspiro de distancia del peligro y de la supervivencia.
Cuando llegó al último reservado, lo vio a él, el hombre silencioso.
Él siempre venía solo.
Los demás venían con chicas colgadas de los brazos, bailarinas en sus regazos, botellas estallando como fuegos artificiales. Pero él… él siempre llegaba sin compañía. Un silencio pesado lo envolvía como una armadura.
Esa no