Scott no dio un portazo al salir del club, pero el impulso le estremeció la muñeca. Eso, por sí solo, era una señal de alarma. Él casi nunca reaccionaba por impulso. No estaba hecho así. El control era algo que había convertido en hábito, tallado en su columna como una segunda estructura ósea.
Pero en el momento en que Sofia lo miró como si fuera una molestia, como si fuera ruido… algo dentro de él se tensó de golpe. Intentaba entender qué había cambiado. Estaban empezando a conocerse, había una química evidente, y de repente ella lo trataba con frialdad. ¿Era porque ahora sabía que él era el dueño del club? ¿Porque no quería tener nada que ver con su jefe?
Respiró hondo al salir a la luz de la tarde, ignorando el ardor irritante que subía por su piel. El día aún era joven. Club Mirage quedaba atrás: luces de neón apagadas, música muerta, el personal del turno nocturno apenas llegando.
Caminó hasta su coche, lo abrió y se deslizó dentro.
Silencio.
Se recostó contra el asiento y exhaló