Sofía no había podido concentrarse desde que salió de la oficina de Scott. No importaba cuántas veces limpiara la barra, rellenara los vasos o sonriera a los clientes; su mente no dejaba de dar vueltas a lo mismo.
El sobre. Él le había dicho que no lo abriera hasta llegar a casa, pero no pudo evitarlo. Se moría de ganas por saber qué había dentro. El papel se sentía pesado ahora, aunque sabía que físicamente no lo era.
Y Scott... la forma en que la había mirado. La forma en que su voz había pasado de ser la de un jefe a algo completamente distinto. Había un brillo posesivo en sus ojos.
«¿Qué se cree que es esto?», se preguntó indignada mientras se abría paso entre la multitud. «Mi cuerpo no es asunto suyo. Mis conversaciones no son asunto suyo. Mi vida no le pertenece».
Lo único que Scott pagaba era su tiempo en el trabajo, y lo único que debería importarle era que ella hiciera su labor, nada más. Sofía no estaba coqueteando, ni andando con rodeos, ni vendiéndose. Estaba haciendo su t