Dante apenas había puesto un pie en la oficina cuando la tormenta cayó sobre él.
Adriano no le dio ni un segundo para respirar. En cuanto su hijo cruzó el umbral, el hombre mayor le lanzó un montón de archivos por encima del escritorio. Se esparcieron por el suelo como pájaros heridos.
—¿Y a esto le llamas trabajo? —la voz de Adriano retumbó contra las paredes de cristal—. Esto —señaló los documentos tirados— es lo que traes a mi mesa.
Dante se preparó. Lo supo en cuanto vio el auto de su padre estacionado frente a la sede: el día no terminaría bien.
—Papá…
—No me digas “papá”. —La voz de Adriano sonó como un látigo—. ¿Tú crees que esta empresa es un parque infantil? ¿Crees que puedes venir, firmar papeles, ponerte un traje, beber vino y llamarte ejecutivo? ¿Crees que el liderazgo es un adorno?
Dante tragó saliva, resistiendo la necesidad de encogerse.
—El problema del contrato fue un malentendido. Yo ya…
—¿¡Malentendido!? —Adriano golpeó la mesa con la palma abierta. Los internos del