El deber de un hombre.
Mientras Agnes lloraba aún contra mi pecho, mis ojos se cruzaron con una mujer de cabello castaño claro y ojos café.
Tenía un semblante sereno, con una expresión que irradiaba una extraña mezcla de calma y curiosidad. No parecía interesada en intervenir, pero tampoco hacía el intento de alejarse.
Agnes se separó de mí con lentitud, mientras secaba las lágrimas de sus ojos con manos temblorosas. Mi mirada permaneció fija en la mujer desconocida que solo se limitaba a observarnos.
—Ella es Rut