El cadáver de mi esposa.
El aire del hospital apestaba a desinfectante y podredumbre, aunque no sabía si el olor provenía de mis manos. Había sostenido el cadáver calcinado de lo que una vez fue mi esposa y desde entonces no había podido, siquiera lavar mis manos. Solo podía observar mis manos con pavor.
Mientras en mis oídos resonaba un zumbido, que no me dejaba pensar con claridad.
—Lo lamento, señor O'Sullivan. Su esposa tiene quemaduras de tercer grado y ha inhalado demasiado humo. La colocamos en un respirador ar